Las autoridades de Irán interrumpieron de forma deliberada
el acceso a internet y a las comunicaciones telefónicas en amplias zonas del
país, en medio de una ola de protestas nacionales que se intensificó esta
semana, dejó decenas de muertos y miles de detenidos, y volvió a poner en
cuestión la estabilidad del régimen político y religioso encabezado por el
ayatolá Alí Khamenei.
El corte de conectividad fue confirmado por organismos de
monitoreo digital como NetBlocks y por la empresa Cloudflare, que registraron
una caída abrupta del tráfico de datos atribuida a interferencias estatales. La
medida se inscribe en una práctica recurrente del régimen iraní frente a
estallidos sociales: restringir las comunicaciones para dificultar la
coordinación de las protestas y la difusión de imágenes de la represión.
Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre en el
bazar de Teherán, impulsadas por el deterioro económico, la inflación y el
desplome histórico del rial. En pocos días se extendieron a al menos 25 de las
31 provincias y a más de un centenar de ciudades, con cierres de comercios,
universidades movilizadas y protestas diarias. El escenario recuerda a las
revueltas de 2022 tras la muerte de Mahsa Amini, cuando el Estado respondió con
una represión masiva y apagones prolongados de internet.
Según la ONG Iran Human Rights, con sede en Noruega, al
menos 45 manifestantes murieron desde el inicio de las protestas, entre ellos
ocho menores, y más de 2.000 personas fueron detenidas. Las autoridades iraníes
reconocen cifras menores y denuncian ataques contra fuerzas de seguridad. El
miércoles fue señalado como el día más violento, con al menos 13 muertos en una
sola jornada.
El apagón digital afecta de manera directa a millones de
ciudadanos, limita la actividad económica y profundiza el aislamiento
informativo del país. También complica la verificación independiente de lo que
ocurre en las calles y eleva la preocupación de organismos internacionales por
posibles violaciones a los derechos humanos. En paralelo, sectores duros del
régimen dejaron trascender la posibilidad de utilizar tecnologías de
vigilancia, como drones, para identificar a los manifestantes.
El conflicto incorporó un nuevo factor político tras el
llamado a movilizarse realizado desde el exilio por Reza Pahlavi, hijo del
último sha de Irán, un hecho inusual en un movimiento hasta ahora
descentralizado y sin liderazgo visible. Analistas advierten, sin embargo, que
la oposición sigue careciendo de una estructura organizada capaz de disputar el
poder.
En el plano internacional, Estados Unidos incrementó la
presión retórica y amplificó mensajes críticos hacia Teherán, mientras el
gobierno iraní denunció injerencias externas. Con la economía en crisis, la
moneda en mínimos históricos y las comunicaciones bloqueadas, el régimen
enfrenta uno de los desafíos internos más complejos de los últimos años, en un
contexto de alta incertidumbre sobre la duración y el desenlace de las
protestas.
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