Vivir más años plantea un desafío central: llegar a la
vejez con fuerza, movilidad y autonomía. En ese debate, el entrenamiento en
gimnasios convive con otra idea cada vez más respaldada por la evidencia
científica: el movimiento cotidiano —caminar, subir escaleras, cargar peso—
también construye salud y longevidad.
Después de los 50, la pérdida de masa muscular y fuerza se
acelera. El sedentarismo impacta en la salud física y mental, y aumenta el
riesgo de caídas, dependencia y enfermedades cardiovasculares. El consenso
médico es claro: hay que moverse. La discusión está en cómo.
Fuerza, músculo y vida diaria
El entrenamiento de fuerza ganó protagonismo en los últimos
años por una razón concreta: preserva la capacidad funcional. Poder levantarse
de una silla, cargar bolsas o subir una escalera depende más de la fuerza que
de la estética.
La medicina incluso le puso nombre a este problema:
dinapenia, la pérdida de fuerza asociada al envejecimiento. Combatirla es una
inversión directa en autonomía futura.
Pero ese fortalecimiento no ocurre únicamente en máquinas o
rutinas estructuradas. También se desarrolla cuando el cuerpo se usa en la vida
real, en tareas que exigen equilibrio, coordinación y resistencia.
Zonas azules: cuando moverse es parte de vivir
Las llamadas “zonas azules”, regiones del mundo donde las
personas viven más y mejor, aportan una mirada reveladora. En estos lugares, el
movimiento no es una actividad programada: está integrado al día a día.
Caminar en pendientes, subir y bajar escaleras, cargar
objetos o desplazarse largas distancias sin transporte motorizado forman parte
de la rutina. No se “hace ejercicio”: se vive en movimiento.
Ese patrón se repite en distintos contextos culturales y
geográficos. La clave no es la intensidad aislada, sino la frecuencia y la
continuidad a lo largo del día.
El valor del movimiento funcional y social
Moverse mientras se camina, se baila o se realizan tareas
cotidianas suma beneficios que muchas veces el gimnasio no ofrece: aire libre,
interacción social y menor estrés.
En entornos urbanos, donde el tiempo escasea y la vida se
organiza entre traslados y pantallas, integrar el movimiento a la rutina diaria
se vuelve un desafío. No todos tienen las mismas condiciones para entrenar, y
los datos lo reflejan.
En la Argentina, según la Encuesta Nacional de Factores de
Riesgo, el 44,2% de los adultos presenta bajo nivel de actividad física, con
diferencias marcadas por edad y nivel socioeconómico.
Cambia la lógica del entrenamiento
La cultura del cuerpo también está mutando. La épica del
rendimiento extremo perdió peso frente a un enfoque más sostenible: menos
hazañas y más continuidad. La fuerza, la movilidad y el equilibrio ganan
terreno sobre el esfuerzo aislado.
Incluso los gimnasios comienzan a leer este cambio. Ya no
se trata solo de rendimiento o estética, sino de preparar el cuerpo para una
vida larga y activa, dentro y fuera del entrenamiento.
Lo que dice la evidencia científica
Estudios recientes publicados en revistas internacionales
muestran que pequeñas dosis de actividad física vigorosa no planificada, como
subir escaleras o caminar en subida, reducen el riesgo de mortalidad.
No todo el movimiento relevante ocurre en una hora marcada
en la agenda. La actividad “incidental” también cuenta, especialmente cuando se
acumula día tras día.
Eso no invalida el entrenamiento estructurado, sino que lo
complementa. La clave está en combinar fuerza, movilidad y movimiento
distribuido a lo largo de la jornada.
La pregunta ya no es solo cuántas veces se va al gimnasio,
sino cuánto se mueve el cuerpo en la vida real. Diseñar días que obliguen a
caminar, cargar, subir y equilibrarse puede ser tan determinante para la
longevidad como cualquier rutina perfecta. Envejecer bien no depende de una
hora de ejercicio, sino de una vida que no se queda quieta.
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