La Argentina atraviesa una transformación profunda en su
vida familiar: cada vez menos personas se casan y la mayoría de los bebés nace
de padres no casados. Las cifras oficiales muestran un cambio sostenido desde
hace más de cuatro décadas, con impacto social, cultural y económico.
La tasa de nupcialidad cayó a 2,9 matrimonios por cada mil
habitantes, cuando en 1980 era de 7,3. En paralelo, el 70% de los nacimientos
registrados en 2022 corresponde a madres que no estaban casadas al momento del
parto.
Menos casamientos y a mayor edad
Los datos del último censo revelan que los casamientos
descendieron un 17% en la última década. Además, quienes deciden formalizar una
unión lo hacen cada vez más tarde: el promedio de edad para casarse se ubica
entre los 30 y los 36 años.
Este fenómeno posiciona a la Argentina entre los países
donde el matrimonio se posterga más, en línea con tendencias observadas en
otras sociedades urbanas y desarrolladas.
El auge de las uniones convivenciales
El retroceso del matrimonio tradicional no implica la
desaparición de la vida en pareja. Por el contrario, las uniones convivenciales
ganaron protagonismo como forma de organización familiar.
Aunque las parejas no estén casadas legalmente, el 98% de
los nacidos vivos está inscripto con madre y padre, lo que muestra que el
vínculo parental se mantiene, aun sin pasar por el registro civil.
Fuerte caída de la natalidad
El cambio en los casamientos va de la mano con una baja
pronunciada en los nacimientos. En 2022 se registraron 413.135 bebés, casi un
50% menos que diez años atrás.
La tasa de fecundidad es de 1,23 hijos por mujer, muy por
debajo del nivel de reemplazo poblacional, estimado en 2,1. Esta tendencia
anticipa un envejecimiento progresivo de la población.
Factores económicos, culturales y de derechos
Entre las causas aparecen razones económicas, como el costo
de casarse y criar hijos, pero también cambios culturales profundos. La mayor
autonomía de las mujeres, el acceso a derechos reproductivos y la educación
sexual integral influyeron en la postergación de la maternidad y en decisiones
familiares más planificadas.
También inciden factores como la inestabilidad laboral, la
falta de licencias parentales equitativas y nuevas preocupaciones sociales,
como la incertidumbre sobre el futuro.
Un desafío para las políticas públicas
Especialistas coinciden en que el descenso de la natalidad
y el cambio en el modelo familiar plantean desafíos de largo plazo. El acceso a
tratamientos de fertilidad, la conciliación entre trabajo y crianza y el
rediseño de licencias parentales aparecen como temas clave en la agenda
estatal.
Sin políticas que acompañen estas transformaciones, la
tendencia a casarse menos y tener menos hijos difícilmente se revierta en los
próximos años.
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